17 de noviembre de 2008

UNA NUEVA SITUACIÓN HISTÓRICA MUNDIAL

1. Todo el escenario histórico mundial ha cambiado. La
exacerbación en septiembre/octubre de 2008 de la crisis
capitalista mundial que estalló el último año toma dimensiones sin precedentes que llevan al colapso a
las bolsas del mundo, al sistema bancario internacional,
a industrias gigantescas y ponen a un número creciente
de Estados al borde del default.
El estallido global ya tuvo lugar. La capitalización de
las bolsas del mundo se ha reducido a la mitad; las
pérdidas en instrumentos de deuda alcanzan ahora una
cantidad cercana a los 3 billones de dólares, y la destrucción
de la deuda continúa inexorablemente; hay una
"casi desintegración del sistema bancario del mundo
occidental" (Financial Times, 28/10/08) a pesar de una
intervención sin precedentes de los Estados.
La economía mundial se contrae. El FMI predice para
2009 una recesión generalizada en todo el mundo desarrollado
y más de 20 millones de nuevas pérdidas de
puestos de trabajo. Las condiciones de hambre ya producen
disturbios en los países llamados del "Tercer
Mundo", y la caída de los precios de las materias primas
acelerará la bancarrota de los países exportadores.
Ya nada será lo mismo.
Hace cerca de dos décadas, la desintegración de la
URSS fue celebrada por el capitalismo como "el final
del comunismo" y de la propia historia; ahora el propio
capitalismo enfrenta su propia implosión en sus centros
metropolitanos, en Estados Unidos, en Europa y
en Japón. El mito post 1989/91 de un aparentemente
triunfante sistema capitalista liberal, incluida la fantasía
de un "mundo unipolar" con centro en el "indisputado"
imperio norteamericano, ha colapsado.
La superpotencia capitalista más fuerte del planeta,
el Estados Unidos capitalista en su conjunto, y no sólo
el evaporado "mercado de hipotecas sub-prime", se ha
transformado en el "mayor activo tóxico" del sistema
mundial. Trotsky predijo que, al ascender hacia la hegemonía
mundial, Estados Unidos acumulaba todas las
contradicciones mundiales, como dinamita en sus cimientos.
Esta dinamita, acumulada durante un siglo de
expansiones y crisis, de guerras y revoluciones, explota
ahora cambiando la forma del mundo en el siglo XXI.
La crisis actual es la culminación y la superación de
todas las grandes crisis sistémicas previas, desde la
desintegración en 1971 del marco de Bretton Woods,
que intentó evitar una recaída en la Gran Depresión de
los años de pre-guerra, hasta los shocks financieros
de los años '80 y '90 (el "tequilazo" latinoamericano de
1984; el derrumbe de 1987 y de 1997, centrado en Asia
y seguido por el default de Rusia en 1998; la explosión
de la "burbuja tecnológica" en 2000; la recesión de 2000/
01, la bancarrota de Enron, el default de Argentina, etc.)
a lo largo de décadas de globalización financiera.
En el periodo 2002/06, la espiral de la crisis fue desviada
y los dos motores interconectados de la expansión
del crédito en Estados Unidos y del crecimiento
industrial de China condujeron a un relativo crecimiento
de la economía mundial. Pero ahora los dos motores
están parándose. La contracción de la economía
mundial trata de eliminar la enorme masa de capital
excedente, tanto ficticio como productivo, que obstruye
el proceso de acumulación capitalista.
El capital no es una cosa: es una relación social. La
explosión de los cimientos del sistema está moviendo
las placas tectónicas de la sociedad, cambiando todas
las relaciones sociales e internacionales. Una salida
de la impasse sólo puede encontrarse a través de una
serie de confrontaciones históricas entre las fuerzas
sociales en conflicto, ante todo entre el capital y el trabajo.
En otras palabras: la solución de la crisis depende,
en última instancia, de la confrontación entre la revolución
social y la contrarrevolución en una escala internacional.
La tarea central de la clase obrera internacional
y de su vanguardia es la urgente preparación
política, programática y organizativa por todos los medios
teóricos y prácticos para esta confrontación.
La nueva situación histórica a fines de la primera
década del siglo XXI exige la movilización de las masas
oprimidas y explotadas bajo la bandera de una Internacional
revolucionaria del siglo XXI, la IV Internacional
refundada.
De la crisis al estallido y la depresión
2. Estados Unidos, el punto históricamente más alto
de desarrollo del mundo capitalista, se ha transformado
en el centro del mundo capitalista que se ha
convertido en el centro de su crisis que se profundiza.
El colapso del mercado sub-prime en Estados Unidos
en 2007desató una avalancha financiera internacional
de quiebras y una contracción global del crédito,
seguidos por una suba sideral y luego por una dramática
caída en los precios del petróleo y de las materias
primas, pero, sobre todo, por un deslizamiento imparable
hacia un bajón y una recesión sincronizados de la
economía mundial.
Las tres largas décadas de globalización del capital
financiero, después de una serie de shocks (en 1984,
1987 y 1997) terminó en una catástrofe.
El rotundo fracaso del llamado "neoliberalismo", el
dogma económico que siguieron casi todos los gobiernos
capitalistas, fue tipificado por las dramáticas acciones
tomadas urgentemente por los campeones de
las privatizaciones, de la política económica de los
Reagan y las Thatcher en los propios Estados Unidos
y en Gran Bretaña.
El proceso de crecientes operaciones de rescate
comenzó con la nacionalización del Northern Bank y
en Gran Bretaña, en septiembre de 2007; del Bearn
Sterns, uno de los "cuatro grandes" bancos de inversión
en los Estados Unidos en marzo del 2008, y luego
alcanzó un decisivo punto de inflexión que precipitó la
vorágine de septiembre/octubre: la nacionalización de
los gemelos gigantes Fanny Mae y Freddie Mac que
controlan las cuatro quintas partes del colapsado mercado
hipotecario norteamericano, en septiembre de
2008.
El gobierno norteamericano, naturalmente, no tenía
otra alternativa que transgredir sus propios principios
fundacionales de fundamentalismo capitalista. No podía
permitir que dos empresas patrocinadas por el gobierno,
con una deuda igual al 40% del PBI, simplemente
colapsara bajo los golpes de la "mano invisible".
Tal colapso significaba el caos en el sistema financiero
internacional, una corrida contra el dólar y una declaración
de default por parte de los Estados Unidos.
No hay duda de que este gigantesco rescate puso
una lápida no sólo a lo que de manera equívoca fue
llamado "neoliberalismo", sino a toda una era enteramente
dominada por la ilusión central capitalista de una
economía de mercado autorregulada por una "mano
invisible". Esto demuestra que la ley del valor está agotada
como un principio regulador de la economía; el
trabajo abstracto también está restringido como medida
de la riqueza social material; así, el capitalismo mundial,
en su etapa imperialista avanzada, ha entrado hace
ya tiempo, en una época histórica de declinación.
Aunque el gobierno norteamericano no tenía otra
alternativa que nacionalizar Fannie y Freddie, esta operación
de rescate produjo nuevos problemas. Los fondos
gastados para esa operación (alrededor de 200/
300 mil millones) impidieron su repetición con otras instituciones
financieras en problemas. La primera gran
víctima tenía 158 años de antigüedad: el gigantesco
banco de inversión Lehman Brothers, al que se dejó
colapsar.
La quiebra de Lehman Brothers se transformó en el
catalizador de una avalancha de quiebras, una intensificación
de la contracción del crédito global, y del pánico
en todo el mundo. En coincidencia con la venta forzada
de Merrill Lynch, en el fin de semana del 13/14 de
septiembre de 2008, seguido por el rescate de último
minuto de la enorme compañía de seguros AIG por
parte de la FED, demostró claramente que la catástrofe
financiera global encabezada por Estados Unidos
no había finalizado.
En seis meses, fue desmantelado todo el cuadro de
los bancos de inversión de Wall Street: Bearn Stern
está destrozado, Lehman Brothers está quebrado,
Goldman Sachs y Morgan Stanley tuvieron que ser recategorizados
y puestos bajo la autoridad de la FED.
Siguió una serie de dramáticas intervenciones del
Estado, tanto en Estados Unidos como en Europa, que
superaron todo lo que sucediera después del estallido
de la crisis en 2007.
Durante los años 2007/08, el mundo se ha convertido
en testigo de intervenciones continuas, sin precedentes
en escala y naturaleza pero finalmente fallidas,
por parte de las autoridades estatales y los bancos
centrales de las economías capitalistas y los países
imperialistas más poderosos en el mundo, en Estados
Unidos, Europa y Asia, para frenar la crisis abierta y
sus peligros sistémicos. Cientos de miles de millones
de dólares, euros y yenes fueron inyectados en el sistema
bancario. La FED norteamericana y otros bancos
centrales siguieron una política monetaria expansiva
de reducción de las tasas de interés; fueron introducidos
estímulos fiscales, por ejemplo recortes impositi-
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vos que favorecían a los ricos en problemas, pero la
espiral de la crisis mundial continuó profundizándose,
amenazando a todo el sistema.
Después del descalabro de Lehman Brothers, el plan
Paulson de 700 mil millones fue urgentemente introducido
para comprar los "activos tóxicos" y aliviar al sistema
financiero de su carga destructiva. Fue finalmente
votado en el Congreso, sin evitar una crisis política y
sin convencer de que el plan sería efectivo en última
instancia. Incluso, de esta suma, 250 mil millones han
sido urgentemente redirigidos para recapitalizar y nacionalizar
parcialmente los nueve bancos más fuertes
de Estados Unidos. El plan Paulson ataca como principal
problema a la iliquidez, cuando el verdadero núcleo
del problema es la insolvencia. La "securitización" diseminó
globalmente los riesgos y opacó los peligros de
quiebra, destruyendo cualquier calificación crediticia y
congelando las líneas de crédito. La cartera de préstamos
de los bancos estaba sobreextendida, a veces 60
veces más que sus activos, convirtiéndolos ahora en
candidatos a la quiebra. El plan Paulson otorga algún
alivio temporario a los magnates de Wall Street mientras
el contribuyente debe pagar la cuenta. Transfiere
otra parte de la enorme deuda privada a la deuda pública
de un ya sobre-endeudado Estados Unidos.
Mientras que, con el crecimiento de los déficit de
Estados Unidos, crecía la necesidad de inversores extranjeros
para financiarlos, la calificación crediticia de
Estados Unidos se está deteriorando rápidamente. La
relación de la deuda total de Estados Unidos con el
PBI va del 163% en 1980 al 240% en 1990 y salta al
346% en 2007. Se agravó enormemente con los dramáticos
acontecimientos de 2007/08, incluyendo la
suma de 6 billones de pasivos de Fannie y Freddie y
los 700 mil millones del plan Paulson. Estados Unidos
se ha transformado en una super-Argentina, en
un default no declarado. El problema del sobreendeudamiento
de Estados Unidos se transfiere al próximo
gobierno.
La victoria electoral de Barack Obama expresa la
necesidad, tanto de los gobernantes como de los gobernados,
de superar una situación insoportable, heredada
de los años del gobierno de Bush: deterioro de
las condiciones de vida, crecimiento del desempleo,
deuda pública, corporativa y de los consumidores que
crece imparablemente, déficit gigantescos, recesión y
catástrofe financiera junto con una impasse, igualmente
catastrófica, en la internacional "guerra contra el terrorismo"
en Medio Oriente y Asia Central y del Sur.
El nuevo gobierno de Obama es un instrumento en
manos del imperialismo norteamericano para manejar
su crisis; en un cierto punto, su política entrará
ineludiblemente en conflicto con las grandes esperanzas
que creó en las masas de trabajadores y en las
minorías oprimidas, movilizadas para su victoria.
El gobierno británico introdujo el plan Gordon Brown
el 8 de octubre para casi nacionalizar ocho grandes
bancos. Juntos, Gran Bretaña, Alemania y Francia
anunciaron el 13 de octubre más de 222 mil millones
de nueva liquidez para los bancos y cerca de 1 billón
en garantías de préstamos interbancarios.
Pero estas medidas sin precedentes no disiparon la
crisis. La recesión se expande en Estados Unidos, Gran
Bretaña, la Eurozona y Japón. Las Bolsas, los mercados
monetarios, bancos e industrias están en una continua
agitación bajo la amenaza de una depresión o de
una stangflación (estancamiento más deflación) que
está en curso. (Véase www.rgemonitor.com, 25 de octubre,
2008).
Las recortes de tasas de interés por parte de la FED,
dos veces en octubre de 2008, al nivel más bajo desde
el 11 de septiembre (y movimientos similares seguidos
del Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra, el
Banco de Japón y otros bancos centrales de Asia) podrían
tener un efecto efímero en los volátiles mercados
accionarios, pero son totalmente incapaces de revertir
la contracción de la economía mundial. Como han señalado
muchos analistas, estos recortes son sólo un
signo de desesperación.
El Estado entra en escena
3. Cualquier intervención estatal es totalmente inadecuada
para enfrentar la magnitud del problema generado
por la sobre-acumulación de capital ficticio.
¡El mercado de derivados se expandió de 100 a 516
billones de dólares entre 2002 y 2007, según la estimación
del BIS, e incluso hasta 585 billones según otras
estimaciones! En comparación, todos los bienes y servicios
reales producidos anualmente por todas las economías
del mundo, el producto bruto global anual, es
menor a 50 billones de dólares, y el PBI anual de los
Estados Unidos es de aproximadamente 13 billones.
Es claro como el agua que no hay intervención del
Estado, de un banco central o de todos los bancos centrales
del mundo juntos, que pueda capear la tempestad
en este océano de derivados.
Mientras el Estado es presentado por los 'expertos'
–de derecha, progresistas o de izquierda– como el recurso
último para salvar el sistema, un Estado tras otro
se suman a la lista de países en default: Islandia, Hungría,
Ucrania, Bielorrusia, Kazajstan, Rumania, Bulgaria,
Pakistán, Indonesia, Filipinas, entre otros. Un Estado
tras otro lanzan, una vez más, llamados desesperados
al FMI. El FMI ya ha respondido a los llamados
de Hungría y Ucrania, y probablemente intervendrá en
otros casos. Pero la munición de esta institución es
muy limitada: aproximadamente 250 mil millones de
dólares. No puede jugar el rol de salvador, lo que hará
es exacerbar los problemas sociales y políticos al imponer
sus conocidas condiciones draconianas a los
países que reciben su "ayuda".
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El estado-nación capitalista es totalmente incapaz
de enfrentar una crisis globalizada, hecha posible por
una globalización capitalista que, en las últimas décadas,
ha interconectado las partes nacionales de la
economía mundial de manera mucho más profunda
que nunca antes en la época imperialista.
Después del crac de 1929, fue el vínculo con el sistema
monetario del patrón oro lo que internacionalizó
la crisis; por esa razón, pasó cierto tiempo –1932/1933–
para que la Gran Depresión mostrara todo su poder
destructivo. Hoy, por el contrario, gracias a la globalización
de las finanzas, la crisis financiera llevó inmediatamente
a una crisis bancaria y precipitó una recesión
y bancarrotas estatales, comenzando por la de
Islandia.
El estado-nación no es el custodio del último resorte
económico que salvará al sistema capitalista.
Por el contrario, debido a la crisis del sistema capitalista
global, sucumbe ante el peso del sobreendeudamiento,
la ruina de las finanzas públicas y la incapacidad
de pagar la deuda, que lo lleva al default.
La crisis capitalista mundial actualmente en desarrollo
demostró no solamente el total fracaso del neoliberalismo
anti-keynesiano, sino también de cualquier
intervencionismo estatal neo-keynesiano.
Sin embargo, aunque el Estado no pueda convertirse
en el último recurso económico, sigue siendo el
último recurso político de la burguesía, el centro de
su poder político con el monopolio de la fuerza. Su rol
creciente entre los intereses capitalistas en conflicto
y entre el capital en su conjunto y los trabajadores
refuerza la tendencia a obtener poderes de excepción
y gobernar a través de medidas de emergencia,
que ya se ha observado en la crisis de la globalización
capitalista de principios de este siglo y en el frenesí
de la "guerra contra el terrorismo".
En cuanto el Estado interviene entre intereses en
conflicto se convierte en el foco de todas las tensiones
sociales, en un mediador que transforma la crisis económica
en una crisis social que afecta a todas las clases
y extiende la miseria entre las grandes masas, profundizando
una crisis política en torno a la cuestión del
propio poder político.
Las dos estrategias socio-económicas usadas por
el capital en el último siglo para enfrentar su decadencia
histórica y la amenaza de la clase obrera -el intervencionismo
estatal y el neoliberalismo- han fracasado
en el largo plazo, provocando una crisis de gobierno:
los de arriba no pueden seguir gobernando como antes,
los de abajo no aceptan ser gobernados y viven un
presente miserable y sin futuro. De este modo se van
estableciendo las condiciones para la emergencia de
situaciones revolucionarias.
Los "centros de estudio" de la clase dominante reconocen
esta amenaza. En el Financial Times (28/10/
08), Martin Wolf habla de los peligros políticos que surgen
de una depresión global y menciona "la xenofobia,
el nacionalismo y la revolución" (subrayado nuestro).
Es esta última la que llevó a los líderes capitalistas
mundiales a una temprana cumbre del G20 luego de
las elecciones norteamericanas y la que hace que Sarkozy
y otros líderes europeos hablen de un "Bretton
Woods II".
En Bretton Woods, en 1944, fueron los Estados
Unidos, como nuevo poder hegemónico mundial, con
dos tercios de las reservas mundiales de oro en su
Tesorería y su poderosa moneda nacional ocupando el
lugar de reserva monetaria mundial, en paridad fija con
el oro, los que fueron capaces de sostener un New
Deal keynesiano a nivel internacional, reconstruir una
Europa arruinada y rechazar la amenaza revolucionaria
con el apoyo político crucial del stalinismo.
Ahora la situación mundial ha cambiado por completo.
Estados Unidos no es solamente incapaz de restablecer
el equilibrio en Europa y en el resto del mundo,
sino que arrastra a todos ellos hacia el abismo. No
hay lugar para ningún tipo de concesión histórica a la
clase obrera, como sucedió después de la Segunda
Guerra Mundial; por el contrario, la "generosidad" hacia
los banqueros y financistas es compensada con la
destrucción de los servicios sociales que quedan (educación,
salud, pensiones, etc.) y de las condiciones de
vida de la población empobrecida. Es un mal momento
para los colaboradores de clase: la socialdemocracia
está desacreditada y el stalinismo, con sus poderosos
aparatos burocráticos, ya no está allí para ayudar a
disciplinar a los trabajadores.
Un "Bretton Woods II" es un sueño imposible de
Sarkozy y otros líderes europeos atemorizados por las
explosiones sociales que se vienen, una ilusión compartida
por los "neo-keynesianos" de la izquierda y de
la llamada "extrema" izquierda.
Europa en zona de tormentas
4. La actual crisis mundial capitalista puso de manifiesto
la vulnerabilidad del sistema en su lugar de nacimiento,
el Viejo Continente, así como la fragilidad de la
Unión Europea ante todas las fuerzas centrífugas que
la desgarran.
Cuando la crisis se agravó en septiembre/octubre
de 2008, un gobierno europeo tras otro debieron intervenir
con medidas sin precedentes, para evitar el colapso
de los principales bancos y compañías y detener
el derrumbe financiero. El 28 de septiembre, los gobiernos
de Bélgica, Holanda y Luxemburgo nacionalizaron
el banco Fortis, el mayor empleador privado de
Bélgica. El 29 de septiembre fue nacionalizada la británica
Bradford & Bingley, que tenía la mayor porción del
mercado de hipotecas inmobiliarias. El 5 de octubre, el
gobierno alemán rescató al gigante de los préstamos
comerciales Hypo Real Estate, y anunció que garanti-
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zaría los depósitos de todos los ahorristas (el día anterior
había criticado al gobierno irlandés por hacer exactamente
lo mismo). El 8 de octubre, el gobierno británico
nacionalizó y recapitalizó los ocho mayores bancos
del país por la vía de la compra de acciones preferenciales.
Se puso de manifiesto que, a pesar de todos los
planteos acerca de la unidad europea, los capitalistas
de Europa reaccionaron ante la crisis sobre líneas nacionales.
Se hizo evidente la ausencia, en la UE, de un
equivalente a la Reserva Federal norteamericana, capaz
de imponer un plan en todo el ámbito de la Eurozona.
A pesar de los críticos o los apologistas que definieron
a la UE como un "super Estado", esta unión de
imperialistas europeos tiene una moneda común entre
15 de sus 27 miembros pero carece de un sistema de
impuestos o un presupuesto a nivel europeo. El Banco
Central Europeo tiene la tarea exclusiva de mantener
la inflación por debajo de la tasa estipulada el tratado
de Maastricht (2%), aunque la inflación actual es superior
al 3,6%. Otro límite establecido por el mismo tratado,
el de mantener el déficit público por debajo del 2%,
también ha sido abandonado por el momento, debido
a la recesión que se profundiza. ¡Los líderes capitalistas
europeos reclaman la imposición de nuevas regulaciones
internacionales -un nuevo "Bretton Woods"-
al mismo tiempo que ignoran completamente sus propias
regulaciones europeas!
En la reunión de los líderes de la Eurozona más Gran
Bretaña del 12 y 13 de octubre de 2008, se acordó
adoptar una serie de medidas generales para inyectar
liquidez directamente a los bancos y/o establecer garantías
para los préstamos interbancarios. En conjunto,
Alemania, Francia y Gran Bretaña anunciaron más
de 163 mil millones de euros (222 mil millones de dólares)
de nueva liquidez bancaria y 700 mil millones de
euros (casi un billón de dólares) en garantías para los
préstamos interbancarios. Pero las medidas propuestas
eran simples guías de acción y cada Estado miembro
tiene que desarrollar su propia "solución" independiente,
nacional. En el momento de la verdad de una
crisis mundial, la UE demuestra su debilidad estructural
y la continua fragmentación de Europa sobre líneas
nacionales. El gobierno alemán, por ejemplo, se niega
a entregar un solo euro para rescatar a bancos o empresas
europeas (pero no alemanas), como pide el presidente
francés Sarkozy.
Las fuerzas centrífugas se ven fortalecidas por las
diferencias que existen en tres cuestiones clave: la
participación del gobierno en la economía, el déficit del
presupuesto gubernamental y el nivel de endeudamiento
nacional. Los países europeos más seriamente amenazados
son Francia, Italia, Grecia y Hungría.
La declaración de default de Hungría fue pospuesta
gracias un paquete de rescate de urgencia del FMI, el
Banco Central Europeo y el Banco Mundial, por 25 mil
millones de dólares.
Italia, la cuarta economía de Europa, carga con el
peso de la tercera mayor deuda pública del mundo,
que llega a 1 billón de dólares y sobrepasa a la de Francia.
Una enorme deuda pública, un gran déficit fiscal y
gastos gubernamentales que llegan a casi el 50% del
PBI, uno de los ingresos por impuestos más altos del
mundo (43% del PBI), hacen imposible que el gobierno
italiano pueda proporcionar algún rescate significativo
a los gigantes italianos Intesa y Unicredit, que están
muy expuestos en Europa central y en los Balcanes.
"Italia puede ser el primero de los países importantes
de la Eurozona en caer bajo el impacto de la
crisis financiera global… Las opciones de Italia se reducirán
a enfrentar la crisis con ayuda externa (y enfrentar
posiblemente una recesión prolongada) o reconsiderar
su condición de miembro de la Eurozona"
(Stratfor, 28/10/08). Están surgiendo presiones sobre
la Unión Monetaria Europea desde cada rincón de la
sobre-expandida UE, amenazando su integridad y el
futuro del euro.
Grecia, con una economía mucho más débil, un
déficit público de aproximadamente el 3,5% del PBI,
un déficit de pagos que supera el 15% del PBI y una
deuda total, pública y privada, de medio billón de dólares,
tiene su sistema bancario sobre expuesto en los
Balcanes, particularmente en Bulgaria y en Rumania.
Continúa la liquidación masiva de bonos del Estado
griego (más de 3 mil millones de dólares en los últimos
diez días de octubre de 2008). En su último reporte
europeo, Merrill Lynch bajó la calificación de varios de
los mayores bancos griegos (Alpha Bank, Eurobank y
Bank of Piraeus) por los peligros que enfrentan en los
Balcanes.
Bulgaria y Rumania están virtualmente en bancarrota,
y amenazan con provocar un efecto dominó en
los bancos de Grecia, Italia y Francia. Peligros similares
enfrentan los bancos austriacos en Europa Central
e incluso los suecos en los países del Báltico. Todos
estos bancos se dedicaron a pedir préstamos con bajo
interés en yenes y en francos suizos, para luego invertirlos
en el Este en monedas locales, con altas tasas
de interés. A medida que los déficits de los países del
Este fueron aumentando y las débiles monedas nacionales
comenzaron a caer, los bancos de la UE se encontraron
parados sobre arenas movedizas.
El colapso de los regímenes stalinistas en Europa
oriental fue visto inicialmente como la gran oportunidad
histórica para el imperialismo europeo, en primer
lugar para el motor de su integración: el eje francoalemán.
El tratado de Maastricht, de 1992, como base
de la Unión Europea y del lanzamiento del euro y, luego,
de la expansión de la UE hasta las fronteras de
Rusia, se vio acompañado por un auge del crédito y
por la relocalización de industrias de Europa occidental
en Europa central y en los Balcanes, reforzando los
sueños de un ascenso del imperialismo europeo en las
condiciones de la posguerra fría. La actual crisis mun-
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dial liquida todo este edificio: las restricciones del tratado
de Maastricht no son respetadas, el euro sufre
enormes presiones y la bonanza en los países del Este
bajo los regímenes restauracionistas se ha convertido
en una pesadilla para los bancos europeos y sus respectivos
países. El Este se transformó en un agujero
negro que amenaza con absorber al Oeste en su vacío,
para usar la metáfora de George Soros.
Un nuevo panorama social se abre en todo el continente:
una nueva arena para la lucha de clases, que
está surgiendo en nuevas oleadas y de nuevas maneras.
Las actuales huelgas de masas, huelgas generales
o movilizaciones masivas de la juventud en Bélgica,
Grecia, Francia, Italia y Alemania son sólo el comienzo.
Crisis capitalista y restauración
5. Desde la guerra de intervención imperialista luego
de la Revolución de Octubre hasta la Operación Barbarroja
de los nazis contra la URSS y la guerra fría, el
capitalismo mundial tuvo siempre el claro objetivo y la
expectativa de superar su declinación a través de la
reconquista de los vastos espacios en los cuales el
capital había sido expropiado después de 1917 y de la
Segunda Guerra Mundial.
Treinta años después del giro hacia las políticas de
mercado en China, bajo Deng Xiaoping y, sobre todo,
casi veinte años después del colapso del stalinismo en
Europa oriental, la implosión de la Unión Soviética y el
giro hacia la restauración capitalista, es más que obvio
que el capitalismo mundial no sólo no encontró una
nueva juventud sino que enfrenta, particularmente hoy,
su peor crisis.
A pesar de una avalancha de créditos hacia el Este
-y una guerra devastadora de la OTAN que destruyó la
ex Yugoslavia- la restauración capitalista en Europa
central y en los Balcanes muestra hoy su fragilidad, y
pone de manifiesto que depende fundamentalmente
del ingreso de capital extranjero más que de estructuras
capitalistas enraizadas localmente.
Las expectativas de que el crecimiento de China
podría ofrecer una salida a la actual tendencia a la recesión
mundial son totalmente ilusorias. Por el contrario,
el paso de la crisis financiera internacional y el colapso
del crédito a la recesión o la depresión exacerbará
todas las contradicciones acumuladas en la economía
y en la sociedad chinas, con consecuencias mundiales
incalculables.
El crecimiento de China se basa en las exportaciones.
No puede impulsar el desarrollo en todas partes;
a medida que el crecimiento global se hace más lento,
la demanda de mercancías chinas tenderá a estancarse
o caer. El principal destino de las exportaciones chinas
es el consumidor norteamericano, cuyo consumo
está colapsando por primera vez en dos décadas.
La tasa de crecimiento estimada para 2009 ya ha
sido revisada hacia abajo, de un 11% a un 9%, a un
7% o incluso menos. Se anunciaron recortes en la producción
de aluminio y níquel luego de la escalada de la
crisis mundial. El 31 de octubre, el Banco Popular de
China predijo que durante los próximos dos años los
precios de las casas bajarán entre un 10% y un 30%,
pinchando así la burbuja inmobiliaria; aun más importante,
el banco reveló sus preocupaciones ante una
posible crisis de liquidez que afectaría severamente no
sólo a las compañías inmobiliarias sino también a los
bancos comerciales que dedicaron entre un 20% y un
40% de sus préstamos totales al sector inmobiliario.
Los recortes en las tasas de interés bancarias son también
un indicador de un enfriamiento más bien rápido
del crecimiento chino bajo las nuevas condiciones mundiales.
Analistas occidentales como N. Roubini plantean
que son altas las probabilidades de un 'aterrizaje
forzoso' de la economía china el año próximo.
El crecimiento chino, que en los últimos años convirtió
al país en el "taller del mundo", se basa en la
canibalización de los sectores en los cuales la revolución
china había expropiado al capital (empresas estatales,
sistema bancario estatal) para impulsar una economía
liderada por las exportaciones al mercado mundial
y no por la demanda local ni por las ganancias en
el mercado doméstico. Un fuerte desarrollo capitalista
es impulsado sobre premisas no capitalistas (por ejemplo,
los préstamos son otorgados por bancos estatales
sin seguir criterios capitalistas) y, en última instancia,
en la sobre-explotación de una fuerza de trabajo vasta
y barata, disciplinada por un régimen stalinista, al servicio
del capital mundial.
Las desigualdades sociales entre las zonas industriales
costeras, abiertas al mercado mundial, y las zonas
rurales del interior, alimentan oleadas imparables
de migrantes internos hacia las ciudades, agitación rural
y continuas rebeliones campesinas y huelgas obreras
salvajes.
China necesita una tasa de crecimiento anual del 9
o10% para absorber a las aproximadamente 24 millones
de personas que se incorporan cada año a la fuerza
de trabajo, y los 12/14 millones de campesinos pobres
que migran al sector urbano industrial. Cualquier
disminución de la tasa de crecimiento por debajo de
esta marca crea millones de nuevos desempleados y
más material explosivo para nuevas rebeliones. Un aterrizaje
forzoso de la economía china, del 12% a un crítico
6% (muy posible en las actuales condiciones de
crisis mundial), significa un golpe mortal para la legitimidad
y la estabilidad del régimen burocrático restauracionista
del PCCh.
La dirección del PCCh está dividida por un doble
límite: o bien trata de mantener una alta tasa de crecimiento,
concentrando sus esfuerzos en las zonas costeras
y enfrentando las consecuencias externas, por la
contracción norteamericana y del mercado mundial, e
internas, por la desintegración del interior agrario; o
bien cortar los lazos que unen a China con el mercado
mundial y construir hacia adentro un mercado interno
(capitalista). Ambos procesos no pueden sino exacerbar
las contradicciones hasta un punto explosivo.
La Rusia de Putin se ve severamente afectada por
la profundización de la crisis mundial, la contracción
del crédito y la caída de los precios del petróleo y otras
materias primas. Rusia enfrenta su peor crisis desde el
default de agosto de 1998.
Mientras que en agosto de 1998, durante la crisis
internacional que siguió al crac asiático, el Estado ruso
posterior al "robo del siglo" de la propiedad pública por
parte de los oligarcas bajo Yeltsin, fue incapaz de enfrentar
sus obligaciones y declaró el default. Ahora la
situación es la opuesta: mientras que las reservas de
capital del Estado son bastante fuertes -las terceras en
el mundo (básicamente debido al aumento imparable
de los precios del petróleo en los siete años previos a
julio de 2008)- la contracción internacional del crédito
le infligió golpes devastadores a los oligarcas y al sector
privado, que se vieron súbitamente incapaces de
afrontar los créditos obtenidos para proyectos ambiciosos,
particularmente en energía y materias primas.
En septiembre/octubre de 2008, las dos bolsas rusas
perdieron más del 75% de su capitalización desde
su techo en mayo, y se han decretado repetidos feriados
bursátiles por dos o tres días. La fuga de capitales
extranjeros, que había comenzado antes de la guerra
en Georgia, se ha acelerado desde entonces.
El Estado ha debido efectuar enormes inyecciones
de liquidez (de la magnitud de los 90 mil millones de
dólares) luego de los colapsos de las bolsas rusas del
16 de septiembre y el 6 de octubre, y en respuesta a
los temores sobre la estabilidad de los bancos rusos.
El Kremlin se volvió, en primer término, sobre los
oligarcas, para forzarlos a repatriar e inyectar entre el
10% y el 30% su riqueza total en los mercados y en los
bancos para reflotar el sistema financiero. El Estado
consolidó todavía más su control sobre los activos de
los oligarcas, pero esto no fue suficiente para detener
la crisis. Los oligarcas, que aún son muy ricos en activos,
son muy pobres en efectivo; algunos de los más
poderosos entre ellos, como Oleg Deripaska, el hombre
más rico de Rusia, tuvo que liquidar parte de sus
imperios para conservar liquidez.
La película de los 90 se vuelve a proyectar, pero
en reversa: ahora es el Estado el que extiende y consolida
su control sobre los oligarcas y sobre el sector
privado, mientras una clase media creada en las últimas
décadas, y absolutamente necesaria para la restauración
del capitalismo, va rápidamente a la ruina.
Pero el hipertrofiado Estado construido bajo el bonapartismo
de Putin encuentra sus bases materiales
sacudidas. Luego de forzar a los oligarcas a pagar por
la crisis, ahora debe meter mano en sus propios recursos,
es decir, sus reservas, que ya han bajado de 600/
650 mil millones de dólares en agosto a 515 mil millones
el 17 de octubre de 2008. La fuga de capitales
está en pleno desarrollo, a un ritmo de 12/16 mil millones
de dólares por semana.
La deuda externa rusa total, en junio, ascendía a
527 mil millones de dólares, de los cuales 228 mil millones
pertenecen a los bancos, privados o gubernamentales.
Los bancos rusos dependen del acceso al
capital extranjero para financiar todo, desde préstamos
para autos hasta los gastos de las empresas de energía
y minerales. Mientras el rublo se devalúa frente al
dólar, las deudas externas en dólares comienzan a incrementar
su valor. Desde septiembre, el valor del rublo
ha caído en un cuarto, aumentando el costo del
servicio de la deuda denominada en dólares en una
proporción equivalente. Por esta razón el Kremlin debe
intervenir rápidamente.
Pero la re-estabilización de la economía rusa bajo
el régimen de Putin se sostiene, en su conjunto, sobre
un solo pilar: la energía. Con la caída de los precios del
petróleo y de las materias primas, ese pilar se está
derrumbando. Con los precios del crudo en torno a 65
dólares por barril, el presupuesto ruso para 2009 apenas
se sostiene. Y lo peor, con una depresión mundial,
aún está por venir.
La inflación creciente alimenta el descontento de las
masas. La popularidad del régimen establecido en los
años 2000/2008 está cuestionada. Está sobre el tapete
la cuestión de una movilización independiente de la
clase obrera. Particularmente los sectores modernizados
y abiertos al capital extranjero están fuertemente
afectados; las huelgas, como las de Ford y otras fábricas
en la zona de Leningrado, el año pasado, son sólo
las precursoras de nuevos conflictos en el próximo
periodo, que alcanzarán a sectores más amplios.
La cuestión clave es la independencia política y la
dirección política del movimiento obrero. El stalinismo
ha desacreditado al socialismo y llevó su construcción
a un callejón sin salida y al colapso. Los trabajadores
deben superar la atomización del pasado, incluido el
período posterior a 1991, y construir nuevas organizaciones.
La mayor parte de la izquierda actual, stalinista
o no, se adapta al régimen de Putin/Medvedev y a su
"patriotismo del Estado fuerte" o a los liberales. El liberalismo
está en bancarrota desde los '90 y la actual
crisis mundial destruirá incluso sus despojos. La misma
crisis le da el beso de la muerte a la era de Putin.
Un camino nuevo, independiente, hacia una salida socialista
a la crisis, la expropiación de los oligarcas y
sus protectores en el Kremlin, un programa nacional
de medidas socialistas para el renacimiento de la URSS
sobre nuevas bases, debe ser planteado por la van-
7
guardia de los trabajadores, particularmente por una
nueva generación de luchadores que sale al ruedo,
aunque de manera reducida y dispersa, bajo la bandera
de un comunismo antiburocrático e internacionalista.
Crisis y radicalización de masas
6. Los acontecimientos actuales han propinado un
golpe ideológico devastador a todos los apologistas y
escépticos, particularmente en la izquierda, que siempre
han sobrevalorado la estabilidad del sistema y su
capacidad para sobreponerse a las crisis. Ahora, como
no pueden negar la realidad de la crisis mundial, rechazan
sus implicancias revolucionarias.
La relación entre la crisis económica y la movilización
revolucionaria de las masas, por supuesto, no es
lineal sino dialéctica, a través de contradicciones. Sin
embargo, Marx y el marxismo han demostrado cómo
las contradicciones internas del capital estallan en crisis
recurrentes y cada vez más catastróficas, creando
las condiciones para su derrocamiento: "Estas contradicciones
llevan a explosiones, cataclismos, crisis en
las cuales la momentánea suspensión del trabajo y la
aniquilación de una gran porción de capital, éste se ve
violentamente reducido, al punto que puede emplear
todas sus fuerzas productivas sin cometer suicidio. Pero
estas catástrofes regulares y recurrentes se repiten en
una escala mayor, y finalmente llevan a su derrocamiento
violento" (Grundrisse, en Marx-Engels Collected
Works, Progress-Moscow 1987, vol. 29 p. 134).
La "aniquilación de una gran porción del capital"
continúa, con una tremenda destrucción de montañas
de deudas y bancarrotas de bancos, empresas y Estados;
"la suspensión del trabajo" ya genera nuevas legiones
de desocupados en la medida en que se desarrolla
una violenta contracción de la economía mundial
y, finalmente –pero en absoluto por último–, el fantasma
de un "violento derrocamiento" del capitalismo está
acechando todas las ciudadelas del capital. Incluso el
editorialista del Financial Times, Martin Wolf (28/10/08),
en su listado de las consecuencias políticas de la profundización
de la recesión mundial, junto a la xenofobia
y al nacionalismo, puso a la revolución.
La xenofobia está presente hace décadas e, indudablemente,
será aún más bárbara, particularmente en
la Europa "poscolonial". El ascenso del nacionalismo
económico exacerba todo tipo de odios raciales, étnicos
y nacionales. Nadie puede subestimar el peligro
del barbarismo derivado de una crisis sistémica de
magnitudes históricas. Pero la perspectiva de la revolución
social también ha regresado poderosamente.
El impacto de la crisis no es independiente del conjunto
de la situación política, de los acontecimientos
que la precedieron o la acompañan, y del real movimiento
de masas con anterioridad y en el momento de
la erupción de la crisis.
En las últimas décadas, hubo efectivamente un reflujo
del movimiento obrero y de la conciencia de clase,
un fortalecimiento de la dominación ideológica de
la burguesía, especialmente después del colapso de la
Unión Soviética. Pero no ha acontecido una derrota
histórica de la magnitud de la ocurrida en los años '20
y '30, con el triunfo del fascismo en países imperialistas
como Italia y Alemania. Por el contrario, lo que se
manifiesta es la creciente incapacidad de la clase dirigente
para gobernar en medio de sus irresolubles contradicciones
políticas y económicas, mientras que la
capacidad de combate, el potencial revolucionario del
proletariado, no han sido destruidos. Ya a partir de la
segunda mitad de los '90, una nueva y creciente radicalización
comenzó a manifestarse: desde las huelgas
de masas en 1995 en Francia, hasta las revueltas antiglobalización
que se extendieron de Seattle a Génova,
la segunda Intifada palestina, el Argentinazo, las manifestaciones
de masas contra la guerra imperialista en
Irak en 2003, el fracaso de la imperialista "guerra contra
el terrorismo" en Irak y Afganistán, la derrota de la
invasión sionista a El Líbano en 2006.
Toda América Latina se encuentra en una situación
prerrevolucionaria, marcada por una serie de rebeliones,
desde el Caracazo de 1989 hasta el Argentinazo
de 2001, las insurrecciones en Bolivia y Ecuador en
2000/2003, y la derrota del golpe de Estado motorizado
por Estados Unidos y el lock out patronal en Venezuela,
en 2002. La naciente revolución no se limita a
las fronteras del continente sino que se convierte un
factor histórico fundamental de la actual crisis mundial.
Los procesos de autonomía nacional contra el imperialismo
no tienen un protagonista destacado ni en la burguesía
nacional ni en los estratos superiores –civiles o
militares– de la pequeño burguesía; tampoco han encontrado
una expresión política adecuada para el movimiento
histórico que representan. América Latina se
ha convertido en el escenario de una experiencia política,
única en su historia, que combina gobiernos nacionalistas
militares o indigenistas, como el de Venezuela
con Hugo Chávez, el de Bolivia con Evo Morales
y, hasta cierto punto, el de Ecuador con Correa, y, por
el otro lado, gobiernos centroizquierdistas como el de
Lula en Brasil y el del Frente Amplio en Uruguay. Mientras
toda clase de oportunistas se han adaptado al actual
régimen chavista e incluso a los gobiernos proimperialistas
de centroizquierda, los sectarios se amontonaron
para condenar abstractamente ambas categorías
de gobiernos, aunque manteniendo una perspectiva
nacionalista (por ejemplo, el PSTU morenista de
Brasil). Nuestra orientación revolucionaria, por el contrario,
es la lucha contra el imperialismo yanqui y por la
unidad de América Latina sobre la base del socialismo
8
revolucionario, contrapuesto a los planteos del nacionalismo
burgués y pequeñoburgués.
En Europa, particularmente en Francia, la crisis social,
la creciente deslegitimación del sistema parlamentario
burgués y de la izquierda burocrática oficial asociada
a los gobiernos de centroizquierda, y la radicalización
de las masas, han puesto en el orden del día la
fundación y construcción de un nuevo partido que combata
al capitalismo. En Francia, el agotamiento de la
experiencia de una serie de gobiernos social-liberales
del Partido Socialista (PS) y de la "izquierda plural", la
crisis del desacreditado e internamente fracturado PS,
el virtual colapso del Partido Comunista, han planteado
a los nuevos estratos radicalizados la cuestión y la
necesidad del Partido para enfrentar los nuevos desafíos.
Lutte Ouvrière (LO) y la Liga Comunista Revolucionaria
(LCR), las organizaciones históricas provenientes
de la tradición trotskista, han llegado al punto de
cerrar su círculo. La LCR abandonó sus referencias
históricas al trotskismo y a la IV Internacional y lanzó
una campaña por un Nuevo Partido Anticapitalista
(NPA). Aunque existe una necesidad real y una demanda
de un nuevo partido de combate por parte de los
luchadores anticapitalistas que se vuelven hacia el NPA,
el programa y las perspectivas planteadas no son una
genuina alternativa revolucionaria sino un nuevo envoltorio
de viejo contenido reformista, que ya ha fracasado.
La clase obrera, la juventud y todos los oprimidos
en rebelión, en Francia y en todos lados, necesitan un
partido de combate de nuevo tipo, capaz de abrir a las
masas combativas el camino por una salida socialista
a la crisis capitalista mundial.
La victoria no está predeterminada por la evolución
automática de los acontecimientos; es una tarea estratégica,
como Trotsky enfatizó acertadamente. La responsabilidad
de la dirección revolucionaria en estas condiciones
es inmensa.
La cuestión del programa de reivindicaciones transitorias,
que movilice y una sistemáticamente a las
masas en una lucha revolucionaria por la toma del poder
es hoy más crucial que nunca. Las reivindicaciones
centrales que pueden articular internacionalmente
las luchas son:
• Por la expropiación de los bancos sin indemnización
y bajo control obrero.
• Prohibición de despidos y de destrucción de puestos
de trabajo; ocupación de todos los lugares de trabajo
que cierren; apertura de los libros bajo control
obrero; por la expropiación de las grandes empresas
sin indemnización y bajo control obrero.
• Por inmediato aumento de salarios, por una escala
móvil de salarios y horas de trabajo. ¡Menos trabajo,
trabajo para todos! ¡Salario completo para los
desocupados! ¡Absoluta igualdad para trabajadores
inmigrantes y nativos!
• ¡Abajo los gobiernos capitalistas! No a la colaboración
de clases ni a la participación en la gestión de la
crisis con los representantes del capital. ¡Por el poder
de los trabajadores -la dictadura del proletariado- y una
salida socialista a la crisis!!
• ¡Abajo el imperialismo, sus guerras y ocupaciones!
¡Fuera las tropas imperialistas de Irak y Afganistán!
¡Desmantelamiento de la OTAN y de todas las
bases imperialistas! ¡Abajo la Unión Europea imperialista,
por los Estados Unidos Socialistas de Europa! ¡Por
la unidad socialista de América latina! ¡Por la República
Socialista Mundial!
La IV Internacional, fundada en las vísperas de la
Segunda Guerra Mundial, anticipó las líneas fundamentales
de este programa, incorporando todas las experiencias
históricas de la Revolución de Octubre y posteriores.
Es la indispensable mediación entre todas las
experiencias de confrontación entre la revolución y la
contrarrevolución en el siglo XX y la nueva etapa de
alzamientos revolucionarios del siglo XXI. Su refundación
y la construcción de partidos revolucionarios como
sus secciones son la más urgente tarea que tenemos
por delante.
Milán, 8/11/08

RESOLUCION DEL SECRETARIADO DE LA
COORDINADORA POR LA REFUNDACION DE LA IV
INTERNACIONAL

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