16 de marzo de 2009

Santos Ramirez y la muerte de Artemio Cruz


Por : Juan Carlos Gutierrez

El disparo que acabó con la vida de un destacado miembro de la burguesía tarijeña amenaza con marcar la aceleración del proceso de desmoronamiento del MAS.
El gobierno, al cual la política de creciente transacción con la derecha ha dejado escaso margen de maniobra, ensaya una y otra vez explicaciones que le hacen perder cada vez más credibilidad. En una salida calificada de “carnavalesca”, Evo Morales ha acusado nada menos que a la C. I. A. de ser la responsable del escándalo de corrupción, volteo y asesinato protagonizado por el ahora ex -segundo hombre del M. A. S., y en el que se han visto envueltos desde políticos oficialistas y de la oposición hasta dueños de prostíbulos.

Como una respuesta a la campaña mediática desatada por la derecha en torno a la caída de Santos Ramirez, la cual va dejando en claro la evidencia de lo que hasta ahora era un secreto a voces (el hecho de que la corrupción se halla bastante extendida dentro del aparato de gobierno), intelectuales afines al M. A. S., por ejemplo Hervé do Alto, señalan que lo sucedido es sólo un accidente, una excepción o en todo caso un pequeño mal.

Cuando ejercía como analista político, Alvaro García Linera, el ahora vicepresidente, siguiendo al historiador francés Braudel, teorizó acerca de la existencia en Bolivia de una crisis de larga duración, subsistente por encima del devenir histórico del estado boliviano. Ya se hubiese tratado del ciclo neoliberal o del nacionalista, las deficiencias y taras del estado boliviano habían sido en tal teorización casi siempre las mismas. Se entendía, entonces, que la superación de tal crisis sólo sería posible, transformando de fondo la realidad existente.

Lo sucedido con el ex hombre fuerte del MAS, nos muestra en cambio la real dimensión de la supuesta ruptura del partido de gobierno con las estructuras del viejo régimen: los miembros de las preconizadas nuevas “élites” del M. A.- S. no sólo reproducen las prácticas habituales del corrupto estado boliviano si no que conviven en un buen grado con las antiguas élites corruptas. En algún sentido, se trata de la temporal separación entre élites con poder político pero sin poder económico, y élites con poder económico pero con un disminuido poder político. El Estado y sus mecanismos de acumulación, en tal sentido, se hacen imprescindibles para las primeras en cualquier proyecto de pervivencia a largo plazo. Nuevamente, parece repetirse lo sucedido con el proceso revolucionario del 52, el cual dio pie a los intentos de creación de una nueva burguesía.

Los procesos revolucionarios van acompañados de intentos por instaurar una nueva moral y del actuar de nuevos sujetos en la escena política. Sin embargo, el impulso revolucionario inicial tiene sus límites y depende de varios factores, entre ellos las características de la organización que conduce a las masas.

Como resultado del más profundo proceso de movilización registrado en las últimas décadas (la existencia de una situación revolucionaria), las masas bolivianas otorgaron el gobierno a Evo Morales y a un partido de raíces campesinas, el cual respondía a las clases medias y a los pequeños propietarios. No fue casualidad, por lo tanto que, en adelante, elementos de la izquierda moderada con un programa reformista, ocuparan gran parte de los cargos jerárquicos.
Las clases medias, altamente oscilantes, no pueden permanecer mucho tiempo en el terreno de la radicalidad. Para realizarse, necesariamente necesitan de un escenario que les provea seguridad. El impulso revolucionario, cuando las tiene de protagonistas, se agota más rápidamente. En el caso de Bolivia, con la entronización del M. A. S., a la concertación inicial sucedió la claudicación, primero en el terreno político y posteriormente en el campo de la moral. El nuevo estatismo es, en consecuencia, una nueva forma del viejo estado burgués corrupto.

Lo sucedido con Santos Ramirez, es una señal del agotamiento del impulso revolucionario mediatizado por la actuación de las clases medias. Se puede prever que si otros actores sociales no ocupan el lugar de la clase media claudicante, el proceso revolucionario boliviano de las últimas décadas se agotará notablemente.

Carlos Fuentes, el gran novelista mexicano, retrató magistralmente en una de sus obras el proceso de conversión de los revolucionarios en agentes de de un nuevo orden que entronizaba a una nueva y corrupta capa gobernante. Artemio Cruz, en su vejez y agonía, nos recuerda los límites de los agentes sociales ante las necesidades históricas de la revolución. Aunque lo sucedido en Bolivia, no pueda compararse ni por asomo con las profundas transformaciones que, al fin y al cabo, conllevó el proceso de la revolución mexicana, hay una historia recurrente entre el agotamiento del proceso revolucionario encarnado en la agonía y muerte, no sólo física, de Artemio Cruz, y el proceso de acelerada claudicación del M. A. S.

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